martes, 16 de octubre de 2012

LAS MAÑANAS EN EL RASTRO




LAS MAÑANAS DEL RASTRO

Los domingos por la mañana, los partidos políticos ponían mesas de propaganda en los aledaños de la Plaza de Cascorro en la cabecera del Rastro. Allí se situaban como no podía ser de otra manera, los grandes partidos que por entonces aún conservaban la vertiente humana en su proceder.
El PCE montaba el chiringuito con todo lujo de adornos y una sólida estructura en donde depositaban toda clase de propaganda custodiada por una docena de militantes. A su alrededor se situaban los satélites de menor tronío, léase ORT, PTE y LCR, estos mas beligerantes dada su proximidad al FRAP y a los Grapo. Repartían octavillas en las que se hacía una crítica feroz del partido nodriza al que consideraban reaccionarios. Fotos del Líster y de Andrés Nin, se esparcían por el tenderete y jóvenes de pelo largo y ropa sin mucha limpieza, se echaban unos porritos, mientras transcurría la mañana dominguera.
De pronto en una esquina a la puerta del bar de los caracoles, media docena de jóvenes a lo sumo, llegaban, extendían una pequeña mesa plegable y comenzaban con al venta del Patria Sindicalista, entre medias de yugos, cajas de cerrillas y llaveros conseguidos de la intendencia de Lúpulo e Isabel.
Hasta allí se acercaban militantes, entonces jóvenes estudiantes, que con toda brillantez explicaban la doctrina nacionalsindicalista ante la buena acogida de muchas personas. Una vez soltada la filípica, estos hidalgos azules se retiraban satisfechos por la arenga soltada.
El rinconcito se iba animando a la vez que se incrementaban las ventas de lo expuesto. Sucede que los muy demócratas seguidores de la hoz y el martillo, no podían consentir la contaminación que la presencia de los fascistas de la Falange iban a producir con su presencia, por lo que, primero, se acercaban, a continuación, preguntaban y por último trataban de agredir a las escasas fuerzas azules que al no poder ofrecer la resistencia debida y merecida, recogían apresuradamente su mercancía y se retiraban a una calle de las adyacentes, para reagruparse y comprobar que no había que lamentar chichón alguno.
Al sentir las voces de la desigual pelea, agentes municipales que velaban por la pacífica convivencia de las personas, se acercaban con la fatalidad de que cuando llegaban los falangistas se habían retirado, mientras nuestros queridos rojos se pavoneaban de haber puesto en huida a tan molestos vecinos.
Hasta que pasó lo de siempre: hartos de recibir agresiones la jefatura provincial se aseguraba de incrementar el número de asistentes al puesto y como es lógico la batalla estaba servida. Al día siguiente en la prensa se podía leer: “Grupos de jóvenes fascistas, causan el terror en el Rastro.”

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