LAS MAÑANAS DEL RASTRO
Los domingos por la mañana, los partidos políticos
ponían mesas de propaganda en los aledaños de la Plaza de Cascorro en la
cabecera del Rastro. Allí se situaban como no podía ser de otra manera, los
grandes partidos que por entonces aún conservaban la vertiente humana en su
proceder.
El PCE montaba el chiringuito con todo lujo de
adornos y una sólida estructura en donde depositaban toda clase de propaganda
custodiada por una docena de militantes. A su alrededor se situaban los
satélites de menor tronío, léase ORT, PTE y LCR, estos mas beligerantes dada su
proximidad al FRAP y a los Grapo. Repartían octavillas en las que se hacía una
crítica feroz del partido nodriza al que consideraban reaccionarios. Fotos del Líster
y de Andrés Nin, se esparcían por el tenderete y jóvenes de pelo largo y ropa
sin mucha limpieza, se echaban unos porritos, mientras transcurría la mañana
dominguera.
De pronto en una esquina a la puerta del bar de los
caracoles, media docena de jóvenes a lo sumo, llegaban, extendían una pequeña
mesa plegable y comenzaban con al venta del Patria Sindicalista, entre medias
de yugos, cajas de cerrillas y llaveros conseguidos de la intendencia de Lúpulo
e Isabel.
Hasta allí se acercaban militantes, entonces jóvenes
estudiantes, que con toda brillantez explicaban la doctrina
nacionalsindicalista ante la buena acogida de muchas personas. Una vez soltada
la filípica, estos hidalgos azules se retiraban satisfechos por la arenga
soltada.
El rinconcito se iba animando a la vez que se
incrementaban las ventas de lo expuesto. Sucede que los muy demócratas
seguidores de la hoz y el martillo, no podían consentir la contaminación que la
presencia de los fascistas de la Falange iban a producir con su presencia, por
lo que, primero, se acercaban, a continuación, preguntaban y por último
trataban de agredir a las escasas fuerzas azules que al no poder ofrecer la resistencia
debida y merecida, recogían apresuradamente su mercancía y se retiraban a una
calle de las adyacentes, para reagruparse y comprobar que no había que lamentar
chichón alguno.
Al sentir las voces de la desigual pelea, agentes
municipales que velaban por la pacífica convivencia de las personas, se acercaban
con la fatalidad de que cuando llegaban los falangistas se habían retirado,
mientras nuestros queridos rojos se pavoneaban de haber puesto en huida a tan
molestos vecinos.
Hasta que pasó lo de siempre: hartos de recibir
agresiones la jefatura provincial se aseguraba de incrementar el número de
asistentes al puesto y como es lógico la batalla estaba servida. Al día
siguiente en la prensa se podía leer: “Grupos de jóvenes fascistas, causan el
terror en el Rastro.”
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