jueves, 19 de abril de 2012

un cateto


UN CATETO
Le puedo a Vd. Asegurar, Sr. Burgos, que me he estado conteniendo en mis deseos de contestarle a Vd. De la bilis y mala baba, que está destilando en sus comentarios en cuanto tienen algo que ver con Madrid. Pero hoy ha llegado Vd. Al límite.
Aquí ya no se debate sobre un tema concreto. Se trata de una acusación manifiesta sobre una falacia montada sobre Madrid y los madrileños.
Se nos tacha de “gilipollas”, de chulos y de otras lindezas que  la mente del Sr. Burgos le plazca. Como he pasado de los sesenta, Vd., no me puede engañar y le pregunto si mantiene el mismo criterio al declararse comunista convencido hace años o en la actualidad.
Ha recorrido Vd. Todo el espectro del mapa ideológico español y después de propugnar  el comunismo estalinista, se pasó, al nacionalista, para acabar siendo un híbrido sin la menor importancia.
Es Vd. Tan elitista, que cualquier mención hecha sobre su persona, irremediablemente,  le pone las distancias pertinentes, no se vaya a equivocar. “D. Antonio….” Que clásico. Personas como Vd., nos animan a elaborar la propuesta que los nacionalsindicalistas va a ofrecer a la sociedad española. Y le puedo asegurar “D. Antonio”, que nos importa un bledo el sitio que Vd. Ocupe. Un personaje como el suyo que menoscaba a un colectivo que es feliz asistiendo a su afamada feria (Lo que no saben es que si no tienen invitación para alguna caseta, lo único que van a hacer es dar vueltas y vueltas, observando desde fuera como se divierten los socios caseteros de traje azul marino y engominado cuero cabelludo. Y si por fin después de mucho vagar logran acceder a gastarse dinero en alguna de estas casetas, deberán agradecérselo a algún alma caritativa de la directiva, que preocupado por el bajo rendimiento económico de la misma, opta por conceder benévolamente el acceso de los odiados madrileños al interior y hagan subir la recaudación.
Sr. Burgos, D. Antonio, soy madrileño afincado desde hace ya años en Sevilla, primero y posteriormente en su provincia. Mire que casualidad D. Antonio: estoy establecido en un pueblo de los Alcores, en donde dicen que Vd. Nació. Tengo entendido, que no le gusta que se lo recuerden. Aquí, mi familia y yo hemos encontrado el sitio ideal para disfrutar de nuestra última etapa. Y debo confesarle con orgullo, que me he sentido mejor que en ningún sitio.
Por último, D. Antonio, unas precisiones: Por mi parte, esté Vd. Tranquilo: este madrileño y su familia no contaminarán con su presencia su sagrado real de la feria. Que Vd. Se lo disfrute bien. No mando esta carta a su periódico por razones obvias: no me la publicarían. Pero afortunadamente tengo otros medios para que mi modesta opinión sobre Vd. Sea suficientemente conocida.
Sr. Burgos: no me vea Vd. Lo buenas que están las rosquillas del Santo, que el mes que viene nos comeremos en la Pradera de San Isidro. Por no hablarle de las gallinejas y los entresijos. Está Vd. Invitado. Los madrileños somos así de chulos.

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