UN CATETO
Le puedo a Vd. Asegurar, Sr. Burgos, que me he
estado conteniendo en mis deseos de contestarle a Vd. De la bilis y mala baba,
que está destilando en sus comentarios en cuanto tienen algo que ver con
Madrid. Pero hoy ha llegado Vd. Al límite.
Aquí ya no se debate sobre un tema concreto. Se
trata de una acusación manifiesta sobre una falacia montada sobre Madrid y los
madrileños.
Se nos tacha de “gilipollas”, de chulos y de otras
lindezas que la mente del Sr. Burgos le
plazca. Como he pasado de los sesenta, Vd., no me puede engañar y le pregunto
si mantiene el mismo criterio al declararse comunista convencido hace años o en
la actualidad.
Ha recorrido Vd. Todo el espectro del mapa
ideológico español y después de propugnar el comunismo estalinista, se pasó, al
nacionalista, para acabar siendo un híbrido sin la menor importancia.
Es Vd. Tan elitista, que cualquier mención hecha
sobre su persona, irremediablemente, le
pone las distancias pertinentes, no se vaya a equivocar. “D. Antonio….” Que
clásico. Personas como Vd., nos animan a elaborar la propuesta que los
nacionalsindicalistas va a ofrecer a la sociedad española. Y le puedo asegurar “D.
Antonio”, que nos importa un bledo el sitio que Vd. Ocupe. Un personaje como el
suyo que menoscaba a un colectivo que es feliz asistiendo a su afamada feria
(Lo que no saben es que si no tienen invitación para alguna caseta, lo único
que van a hacer es dar vueltas y vueltas, observando desde fuera como se divierten
los socios caseteros de traje azul marino y engominado cuero cabelludo. Y si
por fin después de mucho vagar logran acceder a gastarse dinero en alguna de
estas casetas, deberán agradecérselo a algún alma caritativa de la directiva,
que preocupado por el bajo rendimiento económico de la misma, opta por conceder
benévolamente el acceso de los odiados madrileños al interior y hagan subir la
recaudación.
Sr. Burgos, D. Antonio, soy madrileño afincado desde
hace ya años en Sevilla, primero y posteriormente en su provincia. Mire que
casualidad D. Antonio: estoy establecido en un pueblo de los Alcores, en donde
dicen que Vd. Nació. Tengo entendido, que no le gusta que se lo recuerden.
Aquí, mi familia y yo hemos encontrado el sitio ideal para disfrutar de nuestra
última etapa. Y debo confesarle con orgullo, que me he sentido mejor que en ningún
sitio.
Por último, D. Antonio, unas precisiones: Por mi
parte, esté Vd. Tranquilo: este madrileño y su familia no contaminarán con su
presencia su sagrado real de la feria. Que Vd. Se lo disfrute bien. No mando
esta carta a su periódico por razones obvias: no me la publicarían. Pero
afortunadamente tengo otros medios para que mi modesta opinión sobre Vd. Sea suficientemente
conocida.
Sr. Burgos: no me vea Vd. Lo buenas que están las
rosquillas del Santo, que el mes que viene nos comeremos en la Pradera de San
Isidro. Por no hablarle de las gallinejas y los entresijos. Está Vd. Invitado.
Los madrileños somos así de chulos.
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